El sol entraba por las cortinas del departamento mientras terminábamos de alistarnos. Lila, nuestra vieja y leal perrita, esperaba pacientemente abajo, moviendo la cola con un ritmo constante, casi como si marcara el paso del tiempo.
“Vamos, Paulita, se hace tarde”, le dije mientras ella ajustaba la hebilla de su mochila.
Cuando empezamos a bajar las escaleras, una mariposa apareció en la baranda, una de esas grandes, con alas naranjas que parecen pintadas a mano. Paulita se detuvo en seco, sus ojos se llenaron de terror y sin previo aviso, subió corriendo las escaleras.
“¡Paulita, espera!”, grité, pero ya estaba en el segundo piso, escondida tras la puerta del departamento. Subí detrás de ella, mi corazón latiendo rápido, confundido por su miedo inexplicable.
Gigi, nuestra vecina, salió de su departamento al escuchar el alboroto. “¿Qué pasa?” preguntó, curiosa, asomándose al pasillo.
“Paulita se asustó por una mariposa”, expliqué, algo avergonzado. Gigi sonrió y se dirigió a la puerta del departamento.
“Paulita, no pasa nada, solo es una mariposa”, dijo con voz suave. La puerta se abrió, pero lo que salió me dejó paralizado.
Dos Paulitas idénticas aparecieron en el umbral. Una bajó corriendo por las escaleras, riendo y señalando la mariposa con fascinación. La otra, con lágrimas en los ojos, se quedó inmóvil, aferrándose al marco de la puerta.
“Papá…”, dijo la Paulita aterrada, con la voz temblorosa. “No quiero bajar.”
Miré a ambas, sin entender qué estaba pasando. ¿Cómo podía haber dos Paulitas? Sentí que el mundo se doblaba sobre sí mismo, como si la realidad estuviera jugando conmigo.
La Paulita valiente llegó al pie de las escaleras, se arrodilló y extendió la mano hacia la mariposa. Esta, como si entendiera el gesto, se posó delicadamente en su dedo. Desde arriba, la otra Paulita la observaba con una mezcla de curiosidad y miedo.
“¿Qué hago?”, pensé, incapaz de moverme. Miré a Lila, que seguía esperando pacientemente abajo, ajena al extraño dilema que se desarrollaba frente a mí.
De repente, todo se volvió borroso, y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Abrí los ojos.
Estaba en mi cama. Era de madrugada, y el silencio llenaba la habitación. Me senté, intentando recordar cada detalle del sueño, pero solo quedaba una sensación extraña: como si dentro de cada persona vivieran dos versiones, una valiente y otra temerosa, ambas necesarias para enfrentar la vida.
Acaricié a Lila, que dormía a los pies de la cama, y me prometí que al día siguiente llevaría a Paula al colegio, como siempre. Aunque esta vez, al pasar junto a una mariposa, le preguntaría qué veía realmente en ella.


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